Me
encanta ir mirando a los viajeros de camino a la facultad. La mayoría va
mirando el móvil, alguno leyendo un libro o el periódico. Cada uno en su
microcosmos.
De
pronto se apagan las luces y el vagón para en un túnel. Instintivamente todos sacamos
el móvil y encendemos la linterna. Veo caras nerviosas, hablan entre ellos.
Intento
mandar un mensaje avisando que hay avería en el metro, pero no se envía. Me
extraña, pero ya saldrá.
La
gente se inquieta, tratan de abrir las ventanas, van de acá para allá. Encuentro
una persona más tranquila, le explico que soy sordo, para que me hable más
despacio, pero apenas puedo verle los labios, lo justo para comprender que no
hay luz.
Aparece
un hombre con chaleco amarillo. Habla. Todos
le prestamos atención, pero la gente se mueve y es imposible leerle los labios.
Abre las puertas, todos bajan y andan por las vías. Me empujan.
El silencio no me
incomoda, estoy acostumbrado, pero la oscuridad me angustia. Necesito ver para
entender. Sigo a la riada de gente hasta la estación y salimos a la calle.
Semáforos apagados, tiendas echando el cierre, metro cerrado… ¿Qué diablos está
pasando?
Redacté este microrrelato en el contexto del II Concurso de Microrrelatos 1000 pasos, convocado por Asociación AVIVA de Salamanca y el Club Viernes 13. El tema del microrrelato era el silencio, en cualquiera de sus interpretaciones, y el texto no podía superar las 200 palabras.
Seis meses después del apagón, volvemos a oír hablar de riesgo de apagones en España. Para todos, en general, el apagón del 28 de abril nos descolocó y nos hizo sentir dependientes de la tecnología a la vez que vulnerables. Pero para personas con discapacidad o limitaciones en su salud, el apagón no sólo supuso esto, sino que además hubo que añadir la sensación de pérdida de control, aislamiento, ansiedad, o gran riesgo para su salud.